Hoy recordaba una escena de la película “Historia sin fin” en la que Atreyu pasa por la Puerta Mágica del espejo, esta prueba era la más difícil de todas, porque implicaba verse a sí mismo, ver al niño herido y esto lástima y por ello, hasta el hombre más valiente fracasaba.
Nuestro niño herido es una máscara que construimos en nuestra infancia para defendernos emocionalmente de aquello que nos lastimaba en nuestro entorno y para lo cual no contábamos con las herramientas o estrategias adecuadas. El niño herido nace en el inconsciente y nos acompaña en nuestra vida adulta.Ese niño herido es paranoico y conspiracioncita, interpreta, juzga y reacciona desde su dolor y su sufrimiento, porque no quiere ser lastimado, por ello se rebela, muchas veces de forma intempestiva y explosiva, haciendo daño a nosotros y a quien nos rodea y paradójicamente hiere con más fuerza a los que están más cerca, a los más íntimos.
Una vez que pasa la tempestad del niño herido, el adulto se ha de enfrentar
a las consecuencias y a diferencia del niño adulto lo hace de forma consiente,
por ello el sentimiento de culpa y vergüenza que experimenta y el no poder
explicar por qué lo hizo. No sabe ¿Por qué lastimo?, ¿Por qué hirió? Sobre todo,
a quien más quiere.
Por ello causa tanto dolor ver al niño herido, porque es nuestro yo débil, necesitado,
angustiado y solo, porque nuestro yo adulto no sabe qué hacer y, además, como
ya lo hemos dicho carga con una enorme culpa.
Pero ¿Cómo puedo sanar a mi niño herido? La respuesta es fácil de decir,
pero muy difícil de construir, parafraseando a San Agustín diremos: conócelo,
acéptalo, quiérelo y sánalo. Dentro de ti hay un niño herido que tiene muchas
debilidades y defectos, pero también ese mismo niño es el que te ayuda a disfrutar
las cosas sencillas de la vida, es el que se alegra de tus pequeños a grandes
logros, el que hace tu vida divertida. Ese niño sólo quiere ser visto,
escuchado y sobre todo sentirse amado, por ello es necesario que lo aceptes,
así tal cual, sin filtros, ni retoques, escúchalo, dialoga con él, dile que lo
quieres y que tú lo vas a proteger, para ello es necesario que reconozcas que
es lo que te lastima, que es lo que hace que tu niño herido tome el volante de
tus emociones y te lleve por callejones oscuros.
Por último, para curar ese niño herido tienes que aprender a perdonarlo,
porque no hay otra forma de que te perdones a ti mismo. Asumir como adulto la
responsabilidad de lo que ha hecho tu niño herido y pedir perdón, un perdón
sincero y profundo. Una vez que perdones a tu niño herido y sólo entonces
podrás enseñarle nuevas formas de ver el mundo, pedirle que sea más dócil y que
te permita tomar las riendas de tus emociones.
Muy importante, recuerda que es un proceso y que el cambio no lo lograrás de un día a otro, el niño herido es medio terco, pero con paciencia y esfuerzo al final podrás caminar con él de la mano buscando la felicidad.
Guillermo Hernández
Coach personal

